Suelo leer de pueblos que piden perdón por asuntos del pasado, de un pasado que no vivieron, del que no formaron parte.
Mi primera reacción fue pensar que nada tiene que perdonárseles a quienes no han tenido que ver en los crímenes de sus padres o sus abuelos, que no es atributo ni tarea de ellos intentar enmendar errores, culpas, fechorías que no cometieron.
Pensé: "yo no aceptaría que la hija de un asesino me pidiera perdón por el crimen de su padre cuando la pobre criatura no es culpable de nada y no sería justo para ella creerse responsable de ponerse el pesado traje de la culpa...".
Pensé luego: "pero esas personas que les piden perdón a otras pertenecen a generaciones que han enterrado ya al maldito".
Entonces, creo, comprendí.
Yo vivo con el asesino mano a mano. Ambos estamos vivos. Nadie, absolutamente nadie puede ni debería personificar su rol más que él.
Pero qué pasará cuando ya no respire y los que sí sientan la culpa y el peso de la vergüenza me busquen, nos busquen, o a las nuevas generaciones con el dolor y/o el sentimiento ardiente de pedir perdón para cerrar la herida, no sólo la nuestra sino también la de ellos.
Porque creo que todos nacemos libres y no debemos cargar con el yugo de oscuridades pasadas pero sé también que hay dramas que crecen junto a generaciones de hijos y parejas que nos ven llorar y nos saben sufriendo, que no han conocido a quienes perdimos pero saben qué ha pasado y a su manera transmitirán la herida y la cicatriz.
Sé así que no sólo las víctimas buscamos poder cubrir la herida con algo de paz para ver si eso la ayuda a cicatrizar: los que han enterrado a sus parientes, conocidos o conciudadanos delincuentes, asesinos, han de sentir también la necesidad de avanzar con una antorcha de luz (tímida como un rayo de fósforo quizá pero luz al fin) hacia nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos y avergonzarse por lo que otros humanos hicieron y habiendo muerto en su férrea soberbia omitieron intentar, al menos de palabra, enmendar.
Pedir perdón por algo del pasado que aun afecta a un mutuo presente es para algunos un acto histórico, político, moral o todo junto.
Para otros es un "al fin muere la indiferencia y habiéndose aniquilado la vida se reconocen la herida y el dolor de humano a humano".
Y es como si de repente un tendón vital -o una cadena- que se habían cortado, se unieran, reparándose.
Como si la sed y el agua se juntaran y en un gesto valiente, la herida y la cicatriz se conciliaran para reconciliarse.
Ojalá así sea lo que se siente porque ni el asesino ni los suyos nos han perdido perdón.
Ojalá algún día no muy lejano las generaciones que nos hayan enterrado ya tengan el coraje y la ternura de firmar la paz entre herida y cicatriz: lamento sentir que voy a morir sin haber podido hacerlo.
Cuando eso pase se cerrará finalmente un capítulo y aunque en diferido, con otro aspecto y en distinta forma, nuestra herida y nuestra historia serán recordadas con un susurro que en su brisa dirá algo parecido a "justicia".
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