Soñar nos ha empujado por años y hasta décadas, nos ha impulsado, acompañado, convencido y motivado y le debemos mucho incluso aunque no hayamos logrado concretar aquello que hemos soñado.
Aun así con el tiempo he aprendido a soñar menos. O a soñar distinto, quizás. Puede ser que ahora sea un sueño más realista, más "burgués" o con gustito a plan, a proyecto. Un sueño con bosquejo y bucket list.
Podría ser tan sólo esa impresión de globo pinchado de la meta, de qué maravilla y ahora?, de tampoco era para tanto, de valió la pena, sí, y ahora pauso o sueño más?
Pero puede ser también que haya influido esa manera tan épica de soñar que tenemos algunos: en nuestros sueños no existen bocinas. No hay dolores de panza ni ganas de ir al baño. En nuestros sueños no hay vuelos cancelados, demoras o embotellamientos. En nuestros sueños no hay cansancio ni olvidos cruciales, no hay equivocación de fecha ni gente maleducada.
En nuestro sueño hay un deseo extraordinario y una escena épica, nívea, fluida y musical.
En nuestro sueño no suenan alarmas ni sirenas de ambulancias, no hay gaviotas que vienen violentamente a llevarse tu comida, no hay niños berrinchosos ni carteles de SOLD OUT.
Por eso mis sueños se han calmado un poco. Será que crezco también, digamos todo. Que deseo con furia y apasionadamente pero con reservas y protector solar factor 50, con tapones para los oídos, paracetamol y monedas en el bolsillo por si hace falta. Y con mi música que empieza "puede fallar, disfrutá el viaje que habrá de ser siempre más largo que el tiempo de destino porque el sueño es corto y una mera pieza de un rompecabezas más amplio".
Ya no imagino ni voy hacia el sueño con actitud de adolescente ensimismada, mareada, ingenua, desconectada.
Ahora en mi sueño puede hacer un calor sofocante, puede haber mosquitos y cancelaciones y parte del sueño es ser realista aunque aventurera.
La vida no es sueño, lo lamento (o no). Pero celebro sí saber que los sueños, sueños son.
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